Lubanda de Guillermo G.Villar
Lubanda de Guillermo G.Villar
Ella nació con unos increíbles ojos. Una nube blanca tejió sus cabellos y los elfos más pequeños del bosque rompieron las flores verdes de cristal para armar su pequeño corazón. Estaba impaciente por conocer el azul del cielo.
Nació limpia, perfecta, como si alguien la hubiese bañado y perfumado. Parecía esperar una cita con los ángeles mientras su manos querían rozar el borde de las estrellas sin miedo a lastimarse. Damián la vio llegar al mundo con un corazón sorprendido. Ver nacer a su hija, presenciar como salía del vientre de su amada, fue sin duda una experiencia irrepetible.
Julia se sentía en paz y aquel momento mágico transcurrió para ella como algo natural y esperado. La música, las palabras, la voz dulce y suave que presidían la espera de una nueva vida eran para ella algo puro, algo natural que irradiaba vida y dulzura a la música del tiempo.
Irene nació en la intimidad, en un hospital casi vacío. Su madre, su padre y la comadrona fueron los únicos testigos de su llegada. No podía parar, sus ojos perseguían sin descanso una rayo de luz azul que se filtraba tímidamente en la habitación.
La mañana estaba calmada, el día acababa de pedir paso a lo noche, que había sido larga. Damián salió a la calle con un profundo nudo en su estomago; la mezcla que sentía entre tristeza y alegría le impedían contemplar y disfrutar de aquel día tan especial. Le costaba hablar y no podía dejar de pensar en Julia e Irene.
- Todo ha ido a bien, pero a la niña le tenemos que hacer unas pruebas …
- ¿Es importante? ¿Le paso algo?
- Tenemos que hacer pruebas. Luego ya te comentaremos en privado.
Fue la última frase de aquel médico. Fría. Sin amor, sin luz ni color.
Con los años Damián recuerda a aquella persona como alguien estúpido, capaz de destrozar la sonrisa de un niño con una sola mirada. Consideraba que esa profesión era una profesión de luz, de espacio y de vida..., pero esta claro que aquel hombre arruinó uno de sus mejores días. Damián se sentía como un niño, lleno de ilusión y profundamente enamorado de Julia. Sin embargo, deambuló por la calle hasta llegar a casa y ser capaz de poner una sonrisa en su cara para comunicar el nacimiento de su hija.
Julia era una mujer llena de energía, con una capacidad de amar que desbordaba por todos los poros de su cuerpo. La llegada de Irene fue para ella algo maravilloso. Seguía sus pasos con devoción, cada momento era perfecto para enseñarle un trocito de mundo. Le hablaba, le leía, le cantaba acercando las palabras, la luz, el olor a cada uno de sus sentidos.
Irene crecía rápidamente, no le gustaba dormir y siempre estaba intentando leer las revistas, cuentos y libros que caían en sus manos. Damián se reía.
- Esta niña se entera de todo. Se pasa horas leyendo... -decía Damián sonriente-.
- Tú déjala que algo se le quedará.
Para Julia cualquier momento era perfecto para enseñar a Irene. El razonamiento y el cariño eran sus principales herramientas. Le hablaba a su hija como a su igual, los diminutivos y las medias palabras no existían en su vocabulario.
Hoy era un día especial. Irene cumplía cinco años y se pasó el día vestida de princesa. Estaba triste y un poco enfadada ya que Lorena, la princesa de su cuento preferido, se había ido y no quería enseñarle la puerta de Lubanda.
- Mamá, mamá… Lorena no me deja entrar en Lubanda
- Bueno..., tranquila, mañana le preguntamos por qué.
La respuesta de Julia fue dulce y cariñosa; como siempre. Aquella noche fue larga para Irene, muy larga. Al despertarse su cuento favorito no se podía abrir: era imposible. Parecía que las tapas y las hojas se había pegado unas contra otras. Ni siquiera Damián con toda su habilidad fue capaz. Irene cogía el cuento y lo abrazaba contra su pecho, sentía como éste le susurraba... ¨Lubanda, Lubanda...¨ Estaba desconsolada, sólo en los brazos de su madre se sentía protegida y era capaz de olvidar.
Paso el tiempo y poco a poco Irene olvidó su cuento. Su vida se lleno de un millón de tonalidades. La entrada a un nuevo mundo, a nuevas experiencias y amigos eran para ella el centro de su existencia. Era inteligente y perezosa, gritona y cariñosa, dulce y escéptica a la vez.
Para Damián y Julia su hija era un igual, querían estar a su lado pero siempre habían pensado que la capacidad de decisión, lo individual, el poder de autogestión... Eso era lo mas importante para hacer de Irene una mujer capaz de gestionar su propia paz interior. Irene cumplía dieciocho años y había decidido estudiar Hilárica; una nueva carrera que solo la Universidad de Roma impartía en estos momentos. La decisión fue apoyada totalmente por sus padres.
Irene viajó a Roma a ver las posibilidades que tenía de ser admitida en la facultad de Hilárica y de paso sondear posibles alojamientos.
Sonó el teléfono en casa y Julia se levantó rápidamente a cogerlo.
- Es Irene. -Le comento a Damián-.
Después de casi una hora y un millón de palabras Irene había puesto a su madre al día de todas la novedades. La habían admitido en Hilárica y había encontrado una habitación en la Via della Pigna, cerca de la Iglesia di Santa María Sopra Minerva. Estaba absolutamente feliz y sus palabras salían de su boca a una velocidad difícil de seguir: las ideas, la ilusión y la esperanza se amontonaban en su cabeza. Mientras, de los ojos de Julia, llenos de alegría, caían lagrimas, incapaz de contener la felicidad que sentía en esos momentos por su hija. Luego se puso Damián y quedó con Irene en viajar a Roma unos meses después para ver el lugar y de paso conocer la Ciudad Eterna.
Irene se estaba convirtiendo en una mujer. Su valentía, su decisión para afrontar su nueva vida, la capacidad que tenía de trabajo eran sin duda motivo de orgullo para sus padres.
Damián y Julia eran una pareja especial, y su visión de la vida, sin duda, se alejaba muchas veces de lo convencional. Lo soñado y lo justo eran señas de su carácter. Irene era una mujer equilibrada, con una visión muy realista de la vida. Lo cierto es que Damián se preguntaba muchas veces de donde había salido.
- Hola Irene. ¿Cómo estás? Vamos mañana a Roma a verte.
- Qué bien, ya tengo ganas de veros. De paso iremos a ver un piso que queremos alquilar con gente de la facultad. Así nos sale más barato a todos.
- Vale. ¿Dónde quedamos para encontrarnos?
Quedaron en la Piazza de L´Elefantino cerca de Via Santa Caterina; allí estaba el piso que quería alquilar.
La mañana era preciosa y Roma olía a una mezcla de árbol, piedra y fritura. Era verano y las calles del centro estaban abarrotadas de turistas. Julia y Damián llegaron pronto a la Plaza y aprovecharon para visitar la Iglesia de Caterina di Siena, que estaba allí mismo. A las doce salieron; era la hora a la que habían quedado con Irene. Damián estaba nervioso ya que la marcha de Irene le había supuesto una pérdida emocionalmente difícil de superar.
- Papá. ¿Que no me ves?
Lo cierto es que Damián no la había visto llegar. Era despistado, pero es que jamás habría reconocido a su hija. Se la quedó mirando de arriba a abajo, como solía hacer muchas veces.
- Qué … ¿No te gusta?
- Sí, me encanta. Pero…
Mientras tanto Julia contemplaba a su hija entre sorprendida y admirada. Llevaba un vestido completamente blanco, muy sencillo, un palabra de honor que llegaba hasta los pies y se ceñía a la cintura con un preciso calado de puntilla. En el cuello un collar tallado en madera, con cuentas circulares y pequeños rombos color caoba. No era el estilo de Irene, pero realmente estaba preciosa; sencilla y elegante como si algo en ella estuviera cambiando.
Fueron a ver el piso. Era pequeño con tres habitaciones y un salón comedor amplio; perfecto para las necesidades de Irene y sus compañeros. Una de las habitaciones tenia un balcón desde el cual se veía el obelisco del E´Elefantino; la otra era amplia y con un armario. Damián miraba todo intentando de alguna manera quedarse tranquilo y sentir que allí Irene sería feliz.
- Irene. ¿Dónde estás?
- Papá ven por favor, no puede ser, mira...
En la puerta de la tercera habitación se veía sombreado un nombre que en otro tiempo estuvo escrito con letras de madera recortadas y pegadas: L U B A N D A.
Irene abrió la puerta. El interior de la habitación irradiaba una poderosa luz que coloreó sus ojos de un profundo y precioso azul. Sintió como su interior era invadido por antiguas sensaciones mientras presencias olvidadas de su niñez susurraban a su oído el estribillo de una canción...
Luz profunda en tus ojos
Unete a quien es capaz de amar
Baja tu voz y mira a la vida
Anda paso a paso y
No dejes de soñar
Duda en voz alta y
Ama la voz de la esperanza
ESTOS CUENTOS SON PROPIEDAD INTELECTUAL DE GUILLERMO G. VILLAR. SI DESEAS UTILIZARLOS CONTACTA CONMIGO