Lolita de Guillermo G.Villar

Era increíblemente delgada, de rasgos profundos y una nariz que sin duda marcaba su personalidad. Ella vivía en un mundo cortado a su medida, y muchos habrían dicho que su presencia  no residía en el mismo plano que la del resto de los mortales. Hija de militar, hermana, coqueta, siempre pensando en un amor imposible que la abandonó.


-Qué estúpida fui. Debería haberme dado cuenta de que Juan Carlos siempre quería evitar situaciones en público.


Dolores vivía en la Barcelona de 1950. Una ciudad que crecía exponencialmente. Donde los movimientos culturales y políticos germinaban en contra del régimen establecido.


No recuerdo que la política fuera un tema de conversación para Dolores. Tal vez la ultima novela radiofónica, el perfume que había probado en el Cortes Inglés o la rebeca de rebajas que había comprado en el Sepu.


-Chica.

-¿Cómo te parece que me queda? Creo que la voy a devolver porque me tira un poco en la cintura.


Siempre indecisa, precisaba de sus ojos y de los del vecino para sentirse a gusto con lo que había comprado. No sé bien si buscando aprobación o unas gotitas de cariño. Yo siempre pensé que huía a su propia realidad porque la otra le había destrozado su corazón; un corazón que se transparentaba, que teñía de luz a unos pocos elegidos y que restaba acorazado para el resto del mundo. Indefensa desde su debilidad, desde una enfermedad que siempre había marcado su vida y sus actos, pero fuerte, y también incoherente, en asuntos de amor.


Gustavo era un niño introvertido. Su mundo pacifico sólo era alterado por los flujos de su propia imaginación: castillos de arena, soldados de madera y ejércitos con poderosos cañones construidos con pinzas de tender. Gustavo vivía en el mismo rellano que Dolores, un cuarto piso enclavado en el mismo corazón de la vieja Barcelona.


Entender a Dolores pasaba por conocer y creer en el Bario del Raval, un pueblo dentro de la gran urbe barcelonesa. Sus propias reglas, su propia gente, su ley y su tiempo marcaban la vida del “chino” en aquellos años. La Boquería era sin duda el centro vital del barrio. Todas las mañanas carretillas, triciclos y pilas de cajas de madera andantes fluían como hormigas despertando a la mañana.


A Gustavo le encantaba perderse entre la gente y los puestos del mercado, acompañaba a su madre a comprar y observaba detenidamente a todos aquellos personajes que transitaban nerviosos entre lechugas, jabones, carne y frutas de todo tipo. Le encantaba enterrar sus manos en los polvos del jabón para lavar y luego oler ese perfume que permanecía en ellas durante horas.


-¡Gustavooooo!, -grito su madre-.

-Deje al “nen que no fa mal”.


El barrio sin duda marcaba a todos sus habitantes y cada uno formaba parte del puzzle mágico que encajaba a tan diferentes personajes; multitud de gente que iba y venia continuamente en un incesante baile de luz y voces. Gustavo se abstraía en este ambiente y una película mental discurría ante sus ojos. Cada uno de aquellos personajes que discurrían entre calles iluminadas por fuertes aromas e intensos contrastes de luz tenía su propia personalidad.


-Hola buenos días. ¿Me das una barra de cuarto y un bastón?


Un aroma a pan recién hecho penetraba a través de los sentidos y se entremezclaba con el café recién tostado y aromas de romero y hierbabuena. Sin duda aquel trozo de la calle era un lugar peculiar marcado por pequeños comercios cargados de personalidad.


-¿Qué tal Gustavo? Espera un poco y te doy unas barras que van salir. Están más cocidas, como le gustan a tu madre…

-Vale, vale ya me espero.

-¿Qué tal en el colegio? Juan me ha dicho que los nuevos profesores son muy buenos.


Francisca era la madre de Juan, compañero de Gustavo en el colegio y dueña del horno que estaba situado en los entresuelos del edificio donde Gustavo y Dolores vivían. El horno marcaba todos los días el horario de la comunidad y una música de fondo compuesta por masa, leña y gritos presidía la vida diaria del edificio.


Gustavo contestó con un “bien…, bien”,  ya que en el fondo odiaba profundamente aquel colegio donde cada día, al entrar, su interior cerraba mil puertas para no ser herido. Donde enlutados personajes crispaban su mente y la llenaban de remordimientos inexistentes.


Sin duda, el “horno” era la mayor fuente de protestas y quejas para Dolores.


-No hay manera de dormir chiqueta. Todos los días los golpes de la leña. Gritan como becerros como si estuvieran solos. Yo no me voy a ir a comprar el pan a los Ángeles.

-Lola ten paciencia, están trabajando y todos escuchamos lo mismo. Después de tantos años ya no tendrías ni que enterarte.


El padre de Gustavo siempre intentaba calmar los ataques de histeria que Dolores tenía ante estas pequeñas cosas. Sin duda, la relación de Dolores y los padres de Gustavo era como poco especial,  y era raro el día en que Dolores no pasaba a casa de Gustavo.


La relación de Dolores y Josefa era profunda y sin duda marcada por una amistad y una relación que provenía de la infancia y que les confería a ambas la capacidad de entender y soportar cualquier situación. Gustavo veía a Dolores como alguien de la familia, siempre había estado presente en su corta vida y no recordaba una tarde sin su presencia.


-Hola Gustavo,  ¿quieres jugar a la baraja o que hagamos figuras de papel?

-Va… Lolita ya jugamos ayer y sabes que me aburre un montón jugar a cartas.

-Trae una hoja de la libreta y verás.


Gustavo se quedaba ensimismado contemplando la agilidad que los dedos de Lolita tenían con el papel y la tijera. Era capaz de realizar cualquier tipo de animal o cosa: pájaros, barcos, coches, siluetas y flores desfilaban como un circo mágico encima de la mesa redonda que presidía la gran sala donde toda la familia se juntaba para comer o ver la televisión por la noche.  Otra de las grandes habilidades de Lolita, y sin duda la que más entusiasmaba a Gustavo, eran los increíbles relatos que era capaz de escribir. Existía una complicidad absoluta entre ambos y los relatos eran como objeto de contrabando dentro de la casa de Gustavo.


-Lolita te he dicho un montón de veces que no le des al chico todas esas tonterías que escribes.


A la madre de Gustavo no le parecía nada bien que su vieja amiga escribiera esos pequeños relatos a su hijo. Siempre venían dentro de un sobre y con un título en la solapa que prometía un buen rato. Josefa no quería leerlos y le decía a Gustavo que Dolores, desde siempre, había escrito esas “tonterías”.


¿Tonterías?


Gustavo esperaba esos relatos con verdadera ilusión y los prefería mil veces a cualquier cuento o cómic del momento. Él solía ser el protagonista de los mismos. La imaginación de Dolores le transportaba a ciudades del lejano Oriente, donde marajás y caravanas de camellos lo llevaban hasta ciudades llenas de ríos de colores. Había barcos que surcaban el mar y eran capaces de volar por encima de las olas, circos, malabaristas y un sinfín de personajes mitad hombre mitad animal que poseían poderes increíbles.


Gustavo llevaba unos meses en la cama debido a una enfermedad en el hígado y los días se le hacían interminables. Pero los cuentos de “Lolita” lo trasportaban y le hacían huir fuera de las cuatro paredes azules de su habitación. Sin duda, Dolores marcó profundamente la infancia de Gustavo y ella siempre permaneció en su más íntimo recuerdo.


Si preguntas a Gustavo por la eternidad, te dirá que es todo aquello que siempre permanece en la memoria de los que te conocen, te quieren o te odian. Cada uno forja su eternidad en el corazón de los demás.


¿Por qué herir?  ¿Por qué odiar?  ¿Por qué no amar?


ESTOS CUENTOS SON PROPIEDAD INTELECTUAL DE GUILLERMO G. VILLAR. SI DESEAS UTILIZARLOS CONTACTA CONMIGO