La Habitación de Guillermo G.Villar

Calle de la Luz número 24.

Ahí vivía Javier.


Javier tenía 16 años y era un adolescente más preocupado por los poemas de Lorca que por la minifalda de su compañera de clase. Su sensibilidad rayaba muchas veces la estupidez y sin duda era una lacra para el juego social que le rodeaba … bueno, eso era lo que Javier pensaba muchas veces.


Le encantaba pasear por el Gótico, un barrio plagado de historia donde la luz siempre tenía dispuesta una nueva maniobra para descubrir un detalle, un espacio. La calma que se respiraba en el interior del patio de la catedral, el olor a verde y a agua, el suave retumbar del canto de los pájaros..., hacían de este lugar el sitio preferido para leer, para pensar, para llorar. Sin duda un lugar mágico donde el sonido pedía permiso a la luz para entonar una melodía serena y llena de paz.


Javier estaba enamorado del barrio, para él tenía la estructura idónea. Ahí su mundo interior crecía exponencialmente. Era el lugar donde la sombra de su alma se sentía segura y en casa.


Los almuerzos en el chiringuito, que hacía esquina con la Plaza Real, eran de obligado cumplimiento. Solía ir con Ana en el descanso entre clase y clase. Este curso para Javier era sin duda distinto, nada que ver con la rígida disciplina a la que siempre había estado acostumbrado.


Ana tenía unos ojos pequeños, con una mirada intensa que cruzaba de lado a lado y una capacidad infinita para convencer a Javier. Eran casi inseparables, aunque sin duda a Javier esta amistad le producía dolor. Estaba profundamente enamorado de Ana. Su amor era joven y generoso, y como él, profundamente entregado. Por su parte Ana condicionaba su relación con la presencia entre ellos de Xavi, su novio.


Viernes por la tarde. Javier tenía que volver a su casa. Le esperaban para comer en familia.


-Adiós Ana.


Ana se abrazó a Javier y le dio un beso en la mejilla.


Bueno el lunes nos vemos y hablamos que hacemos para el fin de semana próximo.


-Vale.


A Javier esos besos le quemaban el alma, aunque era incapaz de decírselo a Ana. En su interior se sentía incapaz de traicionar a alguien que no conocía y sin derecho de decirle a Ana cuanto la quería. Prefería dejar crecer ese amor en su interior y alimentarlo de una amistad sin condiciones ni rencores.


Ana conocía perfectamente los sentimientos de Javier. Le gustaba su compañía; se sentía a gusto y protegida a su lado y sabía que siempre podía contar con él. Era una amigo con el que compartía sus dudas sobre Xavi y que le aconsejaba sobre qué vestido o camiseta le sentaba mejor.


Llegó a su casa donde le esperaban sus padres y su hermana Carmen. La comida fue rápida, ya que todos tenían algo que hacer.


Javier se fue a su habitación, que estaba situada en uno de los extremos del piso donde vivían. Era una casa grande teñida por mucha historia. La habitación de Javier era pequeña y pintada de un azul inconcreto, con una vieja cómoda color caoba de cinco cajones y en la parte alta un mármol grisáceo que se recortaba sobre la estructura de la misma. Encima había un niño Jesús sobre su cuna de caña y paja, en eterna actitud de súplica. Sobre la cómoda una representación de Santiago Apóstol venciendo un grupo de infieles sarracenos; al frente una pequeña mesilla con una solo cajón y un pie que se apoyaba sobre la pared, y a su lado, una cama con cabecera metálica jalonada por cuatro bolas metálicas color oro que hacían juego con el tono de estaño viejo del cabezal. Sobre la cama una omnipresente imagen de cristo crucificado.


Javier no entendía ese lugar, se cansaba de pedirle a su madre que le dejara cambiar la habitación y entablaba con ella profundas discusiones sobre todo la simbología católica que presidía sus sueños.


-Mama no entiendo por qué no me dejas quitar …

-Cuando tu hermana se vaya coges su habitación y la dejas a tu gusto.

-Pero déjame que quite …

-¡No!


Javier tenía una buena relación con su madre y siempre solían llegar a acuerdos en cualquier tema, aunque en este no había el más mínimo margen de maniobra.


Lo cierto es que la historia de su habitación formaba parte de la historia oculta de aquella vieja casa. Era un lugar intocable donde nada se cambiaba. Una y otra vez se pintaba del mismo azul indefinido, el cual despertaba en Javier una profunda melancolía. Javier se sentía incomodo; era un lugar que le ahogaba y le entristecía. Siempre apuraba hasta el último momento para ir a dormir y jamás estudiaba en ella. Sentía en sus huesos una presencia gris, sin luz, sin alegría, y al mirar hacia el techo, las esquinas parecían perderse en el infinito. Sus sueños eran frecuentemente pesadillas, y jamás se sentía protegido en su interior. Cuando la casa se quedaba en silencio aquella habitación parecía relatarle a Javier una historia de dolor y soledad inconfesables. Muchas veces se levantaba y se acostaba en el sofá que estaba situado en la alcoba cercana. Algo que no podía explicar estaba siempre presente, catapultando hacia el exterior las sombras más profundas que anidaban en el corazón de Javier.


Lunes por la mañana.


Javier tenía una sensación extraña, una mezcla entre alegría y tristeza que le costaba asumir. Por un  lado, su hermana se marchaba, lo cual suponía perder a una buena amiga. Carmen siempre estaba a  su lado y le apoyaba en todo aquello que era importante para Javier. Tenía la virtud del cariño y el suficiente respeto por su hermano para dejarle decidir, aunque su diferencia de edad le otorgara una experiencia que él no tenía. Por otro lado, suponía trasladarse a una nueva habitación y definitivamente crear un espacio propio. La inversión era importante para la familia y sus padres exigían un reto de compromiso, trabajo  y responsabilidad en esta tarea.


Javier fue con su madre a comprar el nuevo mueble para su habitación; totalmente a su gusto, y estuvo presente en el momento que su padre firmó una tras otra las doce letras que lo pagarían. Javier dudaba sobre cuál seria el color del que pintaría la habitación. Los tones ocres y anaranjados eran sus preferidos.


Poco a poco su habitación fue tomando carácter y la pared central se fue llenando de óleos y dibujos  pintados por él mismo. Paisajes plagados de infinitas y diminutas flores multicolores y un mar teñido de una luminosa y profunda luz azul se repetía una vez tras otra.


Las clases estaban terminado y los exámenes finales estaban ahí mismo. Ana y Javier decidieron juntarse con Patricia para celebrar el final del curso y posiblemente el final de una amistad. Fue una tarde especial en la que los tres decidieron ir hasta final del puerto y ver el mar en su máxima expresión. Fue allí donde decidió explicarle abiertamente a Ana lo que sentía por ella. No hubo sorpresa en su rostro, sólo un abrazo cálido y un susurro suave en el oído de Javier.


-Te quiero.


La habitación estaba ya terminada, el espacio para los libros preciso y ordenado a la derecha de la cama y encima del escritorio, el armarito de la ropa a la izquierda y el tocadiscos en una de las esquinas sobre un mueble que él mismo se había construido. Poco a poco los paisajes marinos daban paso a un retrato de una mujer vista de espaldas. Su perfil se recortaba sobre un fondo marino y su pelo estaba recogido en una coleta sobre su espalda.


Javier no entendía bien el significado de este dibujo, que repetía y perfeccionaba una vez tras otra, lo cierto es que desprendía una luz que calmaba su interior mas místico.


Era el final del verano. Había que decidir cual sería su futuro y que es lo que finalmente iba a estudiar. Dudaba entre Filosofía e Historia, y aquélla tarde la pasó en su habitación leyendo los distintos folletos que había recogido en la UAB, mientras de fondo sonaba Paco Ibáñez cantando a Pablo Neruda:


-Puedo escribir los versos mas tristes esta noche.

-Escribir por ejemplo la noche está estrellada …


Carmen entró en la habitación de Javier.


-Ala Javier qué bien la has dejado. Me gusta mucho. Me encanta el retrato de espaldas de esa chica, tienes que pintar uno para mi.

-Cógelo si quieres, le estoy dando tantas vueltas y retocándolo tantas veces que al final le voy a poner nombre ...


Carmen se dirigió a Javier y riéndose le cogió las manos mirándole directamente a los ojos.


-¿Cómo estás? ¿Has hablado ya con Ana?

-Sí. Ese tema esta cerrado. Creo.


Ella conocía perfectamente los sentimientos de Javier y más de una vez le había animado a que se desprendiera de una manera u otra de ese lastre, que veía como llevaba a su hermano de la alegría a la tristeza con suma facilidad.


Lunes 15 de Septiembre.


Era el primer día de clase en la Universidad y todo era absolutamente nuevo para Javier. Las amplias aulas, los profesores, las asignaturas que prometían. Las clases pasaron una tras otra, rápidamente. Ya era la hora de regresar a casa.


La UAB estaba lejos y había que coger el tren para ir y venir todos los días. Esto no le molestaba a Javier, todo lo contrario, era un momento para observar, para pensar, para cruzar sin querer la mirada con personas desconocidas.


Llegó el tren a Plaza Cataluña y Javier cogió los cuatro libros que llevaba, se levantó y salió del tren entre despistado y dormido pensando en la larga escalera que subía hasta el vestíbulo principal. Al alzar la vista sus ojos se quedaron clavados en las zapatillas de una chica que subía delante de él. Al verla de espaldas sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo. La luz que desprendía era absolutamente dorada, una luz que la rodeaba reafirmando la firmeza de sus pasos. Llegó a casa poseído por esta sensación, entró en su habitación con la luz apagada, tropezó con el tapajuntas que había colocado para rematar el suelo de sintasol, los libros se le cayeron al suelo. Al levantarse vio el retrato tantas veces repetido mirándole fijamente con unos increíbles y preciosos ojos castaños mientras la habitación se teñía de luz.


¡Hola Javier!



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