La Baldosa Amarilla de Guillermo G.Villar
La Baldosa Amarilla de Guillermo G.Villar
Gorka tenía veintidós años y había nacido en 1950 en una ciudad costera en la cual siempre flotaba en el aire el olor a mar.
Era alto, delgado, jovial y le encantaba pasear por las viejas calles del Barrio Chino. A muchos de sus amigos el sitio se les antojaba oscuro y estrecho y evitaban frecuentarlo. Gorka lo amaba profundamente, ya que su independencia pasaba por el tercer piso que había alquilado justo en ese barrio, en la calle de Las Maravillas nº 5.
Su estrechez y la luz que se filtraba hasta el suelo entre los balcones llenos de ropa tendida calmaban a Gorka en su actual estado. Había sido duro cruzar todo el país dejando tras de sí a su familia y a Noelia. Juntos habían alquilado el piso, planeado como pintarlo, cual sería su habitación y cual la “habitación del sueño”.
El “sueño” era el lugar donde Gorka y Noelia se reunían después de un enfado. Se situaban uno frente a otro y callados juntaban suavemente las yemas de sus dedos esperando de esta forma que la calma y la paz se adueñaran de los dos. En la habitación del “sueño” no había nada, era el lugar donde dejar, donde soltar todo aquello que era capaz de separarlos. Habían decidido pintarla de color amarillo, bueno, más bien Noelia lo había decidido, ya que a Gorka el blanco le parecía mejor color.
Aún ahora no podía dejar de reírse cuando recordaba el verano de 1968 que habían pasado junto con Carlos y Elena en Ibiza.
- Estáis colgados, yo me meto con Carlos en una habitación cuando estoy enfada con él y lo...
Carlos se reía.
-¿Lo ves Elena? Tenemos que aprender, hacer un viajecito a la India como Gorka y Noelia y aprender todas estas técnicas.
-Jejeje, que gracioso eres Carlos, tu ríete pero a nosotros nos vale.
Noelia nunca había entendido como Carlos y Gorka podían ser tan grandes amigos. Eran dos hombres contrapuestos. Carlos un poco faltón y de fuertes opiniones. Gorka siempre tan abierto, dispuesto a escuchar y aprender algo nuevo.
Era la primavera de 1969 cuando Noelia murió. Los médicos no sabían explicar el motivo, y las causas eran desconocidas. Fue duro para Gorka llamar a los padres de Noelia y mucho más duro todo el año siguiente. Gorka decidió quedarse a vivir en el piso que habían alquilado y pintar también de amarillo la “habitación del sueño”.
Había empezado a trabajar en un instituto. Era profesor de literatura e intentaba transmitir a sus alumnos toda la fuerza que él sacaba de la misma. Sus clases al principio estaban casi vacías, pero su asignatura pronto se transformó en una de las más populares dentro del instituto. Algunas de sus compañeras decían que era normal.
-¿Tú has visto lo mono que es?
-No digo que no -comento Manuel a María-, pero en nuestros cursos de PREU son mayoritarias las mujeres y en cambio Gorka tiene más alumnos matriculados que alumnas.
-¿Si?
La pregunta de María sonó retórica, aunque en su rostro se adivinaba algo se asombro.
Gorka amaba profundamente su profesión y estaba claro que transmitía en sus clases una vivencia personal que irradiaba hacia sus alumnos algo mágico y especial. Al entrar en clase siempre les decía: “Bienvenidos a la habitación del “sueño””.
Pasó varios años en el Instituto, hasta que alguien de la universidad le habló al Decano de Literatura de la magia que había en las clases de Gorka. Fue María, que había entrado como adjunta hacía unos meses. Pablo, como le gustaba que le llamasen, fue un día a sentarse en la última fila de la clase de Gorka y allí atónito escucho como éste describía, explicaba y comentaba “Cien poemas de Amor y una Canción desesperada”. Pablo no recordaba una clase de Literatura tan intensa desde su Doctorado en Oxford.
Al día siguiente mando a Gorka una nota invitándole a comer con él en un céntrico restaurante. Le explico el proyecto que tenían en la facultad y le transmitió su deseo de que formara parte del mismo como director. Gorka se sintió algo abrumado y le pidió un tiempo para pensarlo.
El lunes salió de casa observando fijamente la luz, se dirigió caminando hasta al final de la calle y lentamente hacia el instituto. Había llegado pronto, quería sentarse en su mesa y reflexionar sobre la oferta del Decano. Sin duda era una gran oferta pero aquello le iba a obligar a dejar el barrio y su viejo piso de La Calle de las Maravillas.
La Universidad era de reciente construcción, La “Autónoma” la llamaban, y a Gorka se le antojaba lejana y fría. No le gustaban los largos pasillos de grandes losas de mármol negro ni la amplia clase en gradas donde ver al último de los alumnos era difícil. A pesar de todo aceptó. No podía dejar pasar la oportunidad. Aquel lunes se despidió de sus antiguos compañeros y de Juan, el director, que tanto lo había ayudado en los malos momentos.
- Lo único que siento es perder la habitación de los sueños, -le dijo Juan-. Has sido uno de nuestros mejores profesores y espero que encuentres lo que buscas.
El nuevo curso en la universidad fue muy diferente para Gorka. Vivía en un piso de reciente construcción cercano al Campus y añoraba la calidez de su viejo barrio y aquella habitación de los “sueños” en La Calle de las Maravillas.
Coma cada mañana, recorría el largo pasillo de mármol negro releyendo partes del libro objeto de su clase. Aquel día tropezó con algo y sin darse cuenta arrolló sin querer a alguien.
-Perdona iba despistado, no te visto y …
Levanto su cabeza y allí, delante de sus ojos, otra mirada penetró hasta lo más profundo de su ser.
-Estás perdonado. ¡Hola! Me llamo Paula, soy la adjunta de ...
A la vez ella tendía su mano a Gorka para ayudarle a levantar. En ese momento sus yemas se tocaron, y Gorka vio bajo su pie una baldosa amarilla que sobresalía del suelo de mármol negro.
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