Jacabo y el Candil de Guillermo G.Villar

Jacobo era un niño que siempre escuchaba y valoraba todo aquello que sus mayores le decían. Delgado y siempre pensativo, según decía su abuela, sus juegos preferidos eran aquellos en los que su imaginación era la protagonista.


Una buena mañana de un precioso domingo de primavera, Jacobo se levantó escuchando a lo lejos la voz de su madre que lo llamaba reiteradamente.


-Jacoboooo!  Levántate de la cama que tenemos que ir a casa de los  abuelos.

-Ya voy mamá… pero déjame un poquito más en la cama.

-Jacobo. Por favor. Que llegaremos tarde y tu padre ya está nervioso.


Jacobo se levantó con mucha pereza, se lavó los dientes, recogió toda la ropa e hizo su cama tan perfecta como siempre.


Sobre las once de la mañana y acompañados por el sol y los olores de la primavera, toda la familia caminó con rapidez hacia casa de sus abuelos.


-Mamá, ¿el abuelo se va a morir?

-No Jacobo;  es muy mayor pero todavía estará mucho tiempo para jugar contigo.

-Pero mamá, el abuelo nunca juega conmigo.

-Eso no es cierto Jacobo. No digas mentiras.

-Pero mama …

-No digas mentiras.

-Bueno mama ya no lo diré mas.


Jacobo en su interior no entendía bien a Adela, su madre, ya que ciertamente su abuelo nunca había jugado con Jacobo,  e ir  a su casa no era de su agrado.


Después de recorrer una tras otra todas aquellas calles que recorría para el ir al colegio, llegaron a casa de sus abuelos.


Jacobo ya iba solo al colegio, pero la visita a casa de sus abuelos siempre estaba precedida de unos consejos y de la mano de su padre, Antón, que sujetaba la suya firmemente durante todo el recorrido.


El portal era impresionantemente alto y la larga y oscura escalera que subía hasta el quinto piso se le hacia interminable a Jacobo.

La casa de sus abuelos estaba situada en el Centro de Barcelona, cerca del parque de la Ciudadela. Desde el balcón se podía oír y oler los animales del zoo. Era una gran casa, con pasillos interminables y habitaciones amplias a las que se entraba empujando pesadas puertas de doble hoja. Todo estaba en su sitio, siempre cada cosa ocupaba su lugar y aunque las visitas de Jacobo y su familia eran esporádicas, para él todo estaba en colocado como si se tratase de un museo.


-Hola abuelo. ¿Qué tal estás?

-Bien Jacobo, un poco cansado. Acércate y dame un beso.


Jacobo se acercó y dio un tímido beso a su abuelo. Adrián despertaba en Jacobo un tremendo respeto, pero a la vez sentía una conexión que no sabía explicar.


Adrián estaba sentado junto al balcón en una mecedora que se balanceaba interminablemente. La luz que se filtraba entre los visillos resaltaba las profundas arrugas del rostro de su abuelo y en esos momentos Jacobo sentía una extraña sensación que le acercaba más a él.


-Mira Jacobo las hojas de esos árboles que preciosas están.

-¿Pero abuelo has visto a ese hombre que estaba con una navaja cortando al árbol?

-No te preocupes Jacobo, el árbol es fuerte y firme y no le pasa nada.

-Pero eso … dice mamá que no se debe  hacer

-Jacobo fíjate, fíjate en los tonos de verde tan distintos que tiene en la copa.

-Abuelo mamá dice que no … Abuelo mamá dice que no se debe …

-¡ABUELO!  ¡ABUELO!


Adrián no contestaba y Jacobo corrió en busca de su madre.


Tres días más tarde, en el gran comedor de la casa de sus abuelos, estaba toda la familia reunida en torno a Adrián. Lágrimas, lamentos, conversaciones en voz baja que decían:

Ya era hora, muchos años, ya vivió ya el muy…”


En un instante a Jacobo se le fue la vista hacia un viejo candil que, María, su abuela, había colocado junto al ataúd de su abuelo.

Era grande con una base que recordaba a las columnas de un templo, alto y rematado por una especie de plato que recogía la cera.


-Al marcharse Jacobo le pidió a su abuela si podía llevarse el candil.

-Este niño es tonto…  -dijo su madre-.

-Déjalo, qué más da. Que se lleve el candil.



Al llegar a casa Jacobo colocó el candil frente a la ventana, encima de la repisa que estaba justo debajo de la misma. La habitación de Jacobo no era muy grande, pero tenía una gran cristalera que daba al parque que estaba detrás de su casa. Los marcos pintados de blanco, con capas y capas en las que se adivinaba unas tras otra una casa construida a finales del siglo diecinueve. Lo que más le gustaba era la gran repisa de roble oscuro bajo la ventana. Jacobo la tenía siempre limpia.  La madera cálida y suave al tacto le reconfortaba en los días de lluvia. Allí colocó Jacobo el candil.


Un rayo de sol de un nuevo domingo hizo abrir los ojos de Jacobo, y allí, bajo los cristales, un punto brillante captó su atención. Se levantó decidido a ver que era. El viejo y ennegrecido candil tenía una mínima zona de brillo intenso. Decidido, Jacobo se fue a la cocina y del cajón de la limpieza sacó trapos y un limpiador de metales que su madre empleaba para su colección de morteros de cobre. Durante toda la mañana se dedicó a darle capas de limpiador y a frotar y frotar sobre el candil hasta que el punto de brillo se  extendió sobre toda la superficie.


A la mañana siguiente, Adela limpiaba la habitación de su hijo y se quedo sorprendida por la transformación del viejo candil. Al llegar Jacobo del colegio lo felicitó y alabó el trabajo de Jacobo efusivamente, de una manera que Jacobo no recordaba por parte de su madre.


Los meses siguientes el candil fue sin duda el gran protagonista de las  reuniones familiares. Su madre y abuela no perdían la oportunidad de enseñarlo a cualquier conocido que visitaba su casa. Jacobo, orgulloso, limpiaba diariamente el candil y poco a poco este parecía tener un  brillo mayor. Todas las noches Jacobo lo miraba y recolocaba sobre la vieja repisa de roble oscuro.


Llegó el verano y Jacobo estaba de vacaciones. Su madre después de comer le obligaba a dormir la siesta, cosa que a Jacobo no le gustaba mucho. Aún así, finalmente se durmió y se despertó sudoroso, algo poco normal, ya que Jacobo normalmente aprovechaba ese rato de la siesta para leer tebeos o jugar con sus soldaditos, muy silenciosamente, para que sus padres no se enteraran. Al mirar hacia la ventana vio en la base del candil un reflejo oscuro, cogió el trapo y se dirigió a darle brillo. Al frotar el trapo éste se enganchó y se rompió, y Jacobo se dio cuenta de que no se trataba de un reflejo.


La base del candil estaba perforada de tanto frotar y se adivinaba el fondo, de vieja y oscura madera de roble. De los ojos de Jacobo brotaron unas lágrimas. En aquel mismo instante recordó los tonos de verde en la copa de los árboles que había visto con su abuelo el día en que murió.


Jacobo creció y se hizo mayor. Jamás una primavera volvió a pasar inadvertida ante sus ojos.


ESTOS CUENTOS SON PROPIEDAD INTELECTUAL DE GUILLERMO G. VILLAR. SI DESEAS UTILIZARLOS CONTACTA CONMIGO