El Ultimo Atardecer de Guillermo G.Villar
Adriana y Juan eran grandes amigos, ambos habían nacido a orillas del Mediterráneo y sus largos paseos al atardecer eran uno de sus mayores placeres.
El cielo azul intenso se definía claramente en el horizonte, y el olor de los pinos que llegaba justo hasta la orilla era embriagador. Un sol omnipresente teñía hasta el último rincón de una luz especialmente clara y cálida.
-Juan ¿quieres esta tarde salir conmigo hasta la punta de la escollera? La puesta de sol puede ser impredecible, el mar esta muy calmado y los demás han dicho que se van todos hasta la playa vecina.
-Tal vez Adriana, lo cierto es que Justa tiene otros planes y hoy no sé si podré ir contigo.
-Vaaa… Juan, ya sabes que sin ti los paseos no son lo mismo.
Adriana disfrutaba de la compañía de Juan. Cuantas veces Humberto había sentido celos de Juan, celos de los largos paseos que compartía con Adriana. Otras tantas veces Adriana le había demostrado su amor, le había explicado la paz que sentía al lado de Juan, le relataba y explicaba detalladamente cada metro, cada segundo. Las horas al lado de Juan transcurrían en un profundo silencio, compartían la inmensidad del paisaje, del cielo, del aire que les acariciaba, de la luz que se filtraba entre el pequeño espacio que les separaba.
Para Juan, Adriana era una prolongación de su interior, de su parte más mística, de todo aquello que simplemente era bello por el mero hecho de existir. Hacia meses que compartía con Adriana aquellos largos paseos. En su retina estaban grabados cielos más azules, montañas más altas, ríos menos quebrados y grandes bosques con infinidad de verdes que se definían ante los ojos de ambos. Rocío entendía los largos paseos de Juan y Adriana. Sabía lo que Juan sentía. Ella misma muchas veces había vivido lo mismo aunque ahora su situación no se lo permitía.
La tarde avanzaba lentamente y todos permanecían tranquilos esperando a que el sol les diera una tregua. La sombra se antojaba cómoda y fresca. Entre los árboles se oía un grupo de niños que se bañaban en la orilla. Bulliciosos, entraban y salían continuamente del agua; tan pronto la perseguían como corrían delante de ella para que no les pillara. Gentes que iban y venían, enrojecidos e impasibles ante la infinita paciencia que el mar estaba desplegando ante ellos.
Juan era capaz de pasarse horas contemplando jugar a aquellos niños. Como el resto del grupo, no se acercaba hasta la orilla por temor a ser descubierto, a ser visto por aquellos extraños personajes que se amontonaban unos al lado de los otros agitados y nerviosos por el atardecer que se avecinaba.
Llegó la tarde. La playa estaba calmada y poco a poco la soledad se apoderaba de la orilla. El mar parecía llegar hasta ella más despacio, con más calma, sin temor a ser pisoteado o perseguido por un ejército de semidesnudos personajes hábidos de robarle su frescura y su pureza. Aquellos momentos eran los que a Juan, Adriana, Humberto, Rocío y al resto del grupo les encantaban para acercarse hasta la orilla. Lo hacían muy despacio, posándose sobre la arena con mucho cuidado y dejando que el mar los mojara.
Sin moverse, notaban la calidez que éste había decidido brindarles. El agua se desplazaba suavemente entre ellos mientras sus cuerpos se hundían, sintiéndose invadidos y envueltos por una leve brisa. Era un momento mágico.
-Juan ¿ vamos?
Adriana y Juan emprendieron en silencio su paseo.
La escollera era natural, se adentraba en el mar muy lentamente rodeando toda la playa y creando una preciosa piscina natural de proporciones inmensas. El paseo era largo y poco a poco se perdía de vista la tierra.
La luz del atardecer teñía de tonos dorados la superficie del agua y el sol se ahogaba en el infinito a la espera de un nuevo día …
-Adriana ¿Ves al final de la escollera lo mismo que yo?
-Si.
Se adivinaba una silueta claramente recortada, con un perfil intenso y sólido. Ambos decidieron dirigirse hacia ella. Pasados unos minutos se situaron enfrente y contemplaban atónitos la figura inmóvil, callada, como clavada en el suelo. Era como ellos, de su mismo tamaño, del mismo color, sus rasgos eran idénticos.
-Amigo. ¿Estas bien?
No respondió. No les miro.
Adriana y Juan no sabían que hacer, al final decidieron tocarla suavemente. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Estaba fría, increíblemente fría. Giraron entorno a ella dándose cuenta que bajo la misma figuraba una inscripción: “Gaviota común. En honor a estos bellos animales dueños y habitantes de este playa. Cala Blanca Diciembre del 2090”.
Adriana y Juan emprendieron, sin saber lo que sucedía, su vuelo de regreso a la orilla. Entre ellos la luz ya no se filtraba. La noche había llegado…
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